La tensión en la alcoba real era tan tangible que Astraea sentía que podía cortarla con las uñas. Valerius permanecía inmóvil, con la mandíbula apretada y la mirada perdida en el fuego que chisporroteaba en la chimenea. El nombre de la "Masacre de la Frontera" había caído entre ellos como un peso muerto, un secreto que el Rey Lycan había guardado bajo llave durante años y que ahora, por la lengua bífida de un emisario vampiro, amenazaba con resquebrajar los cimientos de su unión. Astraea no se