La bruma de la mañana se aferraba a las almenas de la Ciudadela de Hierro como un amante reacio a marcharse, pero Astraea ya estaba en pie, sintiendo cómo la energía de su sangre híbrida vibraba bajo su piel de marfil. No había rastro de fatiga en sus ojos amatista tras la noche de pasión y confesiones con Valerius; al contrario, cada encuentro con el Rey Lycan parecía actuar como un catalizador que refinaba sus sentidos y fortalecía su densidad biológica. Se encontraba en el centro de la sala