La noche descendió sobre la Ciudadela de Hierro con una parsimonia casi agónica, como si el tiempo mismo se hubiera rendido ante la densidad de los eventos ocurridos. Tras la agotadora sesión con el Consejo, donde el aire se podía cortar con el filo de una daga debido a la tensión acumulada, Valerius condujo a Astraea de regreso a los aposentos reales. No caminaban como el protector y su protegida, sino como dos astros que habían encontrado su órbita común. El estruendo de las botas de la guard