La luz de la luna, ahora plena y despojada de la sombra del eclipse, se filtraba por los ventanales de la alcoba real, bañando la estancia en un resplandor plateado que parecía rendir homenaje a la mujer que descansaba entre las sábanas de seda. El aire en la habitación todavía vibraba con el eco de la unión que acababa de consumarse; un aroma denso a bosque, a especias y a esa esencia metálica y dulce que solo emanaba de la piel de Astraea, envolvía el dosel de la cama. Valerius no se había mo