El despertar de Astraea no fue un regreso triunfal a la consciencia, sino un lento ascenso a través de capas de niebla helada y ecos de aullidos desgarradores que aún resonaban en los recovecos de su mente. Sus ojos amatista se abrieron lentamente, encontrándose con el techo de roble tallado de la habitación real del Rey Lycan. Durante unos segundos, el vacío en su pecho, ese agujero negro dejado por el doble rechazo de los gemelos, amenazó con succionarla de nuevo hacia la oscuridad. El dolor