El amanecer se filtró por las pesadas cortinas de terciopelo carmesí, bañando la habitación en un resplandor dorado que parecía demasiado cálido para la gélida Ciudadela de Hierro. Astraea no se despertó con un sobresalto, sino con una transición fluida y lánguida, un recordatorio de que su fisiología ya no era la de una simple omega. Cada músculo de su cuerpo se sentía rebosante de una energía nueva, una vitalidad que no procedía del descanso, sino de la marca que aún palpitaba en su cuello. L