Mientras Astraea se sumergía en un sueño gélido y reparador en la torre más alta de la Ciudadela, el mundo exterior a los muros de hierro se convertía en un infierno de carne y alma. En el campamento de la manada de la Luna Plateada, el silencio no era una opción. La agonía que emanaba de la tienda principal era un sonido que ningún lobo presente olvidaría jamás; era el lamento de dos depredadores cuyos cimientos biológicos habían sido pulverizados. Kaelen y Killian yacían en el suelo de tierra