La tormenta "La Mortaja" no se detuvo. Al contrario, el viento se volvió un lamento constante que se filtraba por las rendijas de la torre alta, convirtiendo la habitación en una caja de resonancia. Astraea estaba sentada en el centro de la estancia, con las manos apoyadas en las rodillas. A pesar de que no había fuego y que la escarcha comenzaba a decorar las paredes, ella no sentía frío. Al contrario, sentía que su sangre corría a una velocidad que debería haberle causado fiebre.
La puerta de la celda se abrió con un crujido de hielo. No fue la bota pesada de Kaelen ni el paso arrogante de Killian. Fue el caminar ligero y calculado de Silas. El consejero entró portando una pequeña lámpara de aceite y una bandeja con pan duro y agua.
Se sentó en el único taburete, observando a Astraea con una fascinación que la hizo sentir como un insecto bajo una lupa.
—Es curioso —comenzó Silas, su voz apenas un susurro sobre el rugido del viento—. El Rey Valerius es un hombre de silencios. Guardó