El día cincuenta y seis se presentó con un cambio brusco en la presión barométrica. Las aves de presa que solían circundar las torres de la Luna Plateada desaparecieron, buscando refugio en las grietas de la roca. Una tormenta de nieve blanca, conocida en el norte como "La Mortaja", se acercaba con la intención de sepultar la fortaleza bajo metros de hielo.
Astraea sintió la tormenta en sus huesos horas antes de que llegara el primer copo. Sus omóplatos latían con una vibración rítmica, como si su cuerpo estuviera intentando sintonizar con la frecuencia del viento.
La visibilidad en el patio central se redujo a menos de un metro en cuestión de minutos. Los lobos de la manada, a pesar de su naturaleza resistente, se apresuraron a entrar en los salones de piedra. Pero en el caos del cierre de los establos, un grito agudo fue devorado por el rugido del viento.
Astraea, que estaba terminando de asegurar las provisiones de leña en el ala este, se detuvo en seco. Su oído filtró el estruendo