El desgarro en su espalda fue una agonía líquida que transformó el aire de las mazmorras en un denso sudario de azufre y lavanda. Astraea sintió cómo sus vértebras crujían bajo la presión de un poder que no le pertenecía, una fuerza ancestral que empujaba desde sus entrañas para manifestarse en esas alas de sombra que ahora se agitaban con un latido oscuro. Frente a ella, Valerius era una estatua de agonía; la sangre de Selene, derramada por Victor sobre su nuca, estaba petrificando su carne Ly