El silencio en la habitación privada era sagrado.
Yo yacía en la mesa destrozada, envuelta en los restos de mi vestido rojo y cubierta de fluidos de parto, sangre y magia.
Pero no sentía dolor.
Sentía completitud.
En mi brazo derecho, sostenía a la niña. Luna. Brillaba con una luz suave, cálida, que olía a vainilla y esperanza.
En mi brazo izquierdo, sostenía al niño. Kael. Era pesado, frío, y su piel pálida absorbía la luz de la habitación. Sus ojos negros me miraban con una inteligencia antig