La oscuridad que salía de mi cuerpo no era humo. Era frío.
Un frío absoluto que congeló la sangre en la mesa de partos.
—¡Valeria! —gritó Mateo, pasando a la niña recién nacida a los brazos de Damián para volver a mi lado—. ¡Mírame! ¡Quédate conmigo!
No podía mirarlo. Mis ojos estaban vueltos hacia atrás.
Sentía como si me estuvieran arrancando las entrañas con ganchos de carnicero.
El gemelo oscuro no quería deslizarse hacia la luz. Quería abrirse paso rasgando.
—¡Está atascado! —bramó Víctor,