El Gran Salón del Juicio ya no era un tribunal. Era un templo improvisado.
Los nobles seguían allí, clavados en sus sitios, incapaces de apartar la mirada de la sangre y la vida que manchaban la mesa negra.
Me levanté.
Mi cuerpo dolía, pero la magia de la Encantadora me sostenía.
En mis brazos, el equilibrio del universo pesaba una tonelada.
—Miradlos —ordené a la corte.
Levanté a la niña en mi brazo derecho.
—Ella es la luz que guiará a esta raza fuera de la oscuridad.
La niña abrió los ojos.