El agua rompió sobre las pieles de oso, pero no fue agua normal.
Fue un torrente de energía líquida que chisporroteó al tocar el suelo de piedra.
—¡AHHHH! —grité.
La primera contracción me dobló por la mitad. No fue un dolor muscular. Fue como si un rayo me hubiera atravesado la columna vertebral.
El Rey Magnus retrocedió, tapándose los ojos ante el resplandor repentino que emanaba de mi vientre.
—¡Guardias! —bramó el Rey, sin saber qué hacer ante la fuerza bruta de la naturaleza—. ¡Sacadla de