La declaración del Rey Magnus cayó sobre la sala como una losa de piedra.
—¡Majestad! —chilló el Anciano Eunuco, escandalizado—. ¡Es una hereje! ¡No podéis desear su magia!
Magnus se giró hacia el anciano. Sus ojos violetas brillaron con un aburrimiento letal.
—Silencio —dijo. No gritó, pero la palabra tuvo el peso de una sentencia—. El juicio queda suspendido.
Se volvió hacia mí.
—Tú. Vienes conmigo.
Rafael y Mateo dieron un paso adelante, gruñendo. Damián, recién resucitado y cubierto de sang