—¡Sacadmelos! —grité, retorciéndome en el nido de pieles.
El dolor no venía en oleadas. Era constante. Como si alguien estuviera usando un cuchillo para tallar mi útero desde dentro.
Víctor se inclinó sobre mí, pálido y temblando de frío. Puso sus manos entre mis piernas.
—No hay dilatación —anunció, con la voz llena de pánico—. El cuello del útero está cerrado. No es parto, Valeria.
—¡Me duele! —solloce, clavando las uñas en el brazo de Rafael—. ¡Siento sus garras!
—Es la Anomalía —dijo Mateo,