El viento aullaba como mil demonios intentando entrar.
El carruaje se sacudía violentamente. La madera crujía, a punto de astillarse bajo la presión de la Tormenta de Confinamiento.
—¡No podemos quedarnos aquí! —gritó Rafael desde fuera, luchando para mantener a los caballos tranquilos—. ¡El viento va a volcar el carruaje!
Víctor miró sus instrumentos congelados.
—La temperatura está bajando un grado por minuto. Si nos quedamos parados, moriremos congelados en una hora.
Me abracé el vientre. Lo