Me desperté con un grito ahogado.
No fue una pesadilla. Fue dolor.
Sentí como si tuviera dos piedras calientes pegadas al pecho.
Me senté en la cama de pieles, jadeando. La sábana de lino estaba manchada. Un líquido espeso, brillante y con un aroma dulce a vainilla y ozono, había empapado mi camisón.
—¿Valeria? —Mateo se despertó al instante a mi lado. Estaba desnudo, con el pelo revuelto—. ¿Qué pasa? ¿Los bebés?
—No... —gemí, llevándome las manos a los senos—. Son ellos. Están produciendo.
Me