Rafael no saltó como un hombre. Saltó como un misil de carne y furia.
—¡LADRÓN! —rugió la Bestia.
Mateo intentó levantarse de la cama, pero era tarde.
El impacto fue brutal. Rafael lo embistió en el pecho, lanzándolo fuera del colchón. Ambos rodaron por el suelo de pieles, derribando la mesa de noche, las lámparas y las medicinas.
¡CRASH!
—¡Padre! —gritó Mateo, intentando frenar las manos de Rafael que buscaban su garganta—. ¡Soy yo! ¡Soy tu hijo!
Rafael no escuchaba. Sus ojos dorados estaban n