La noche cayó sobre el campamento unificado.
Había sido un día largo. Mis reuniones con los generales habían durado horas. Mi cuerpo, alimentado por la sangre de Víctor pero pesado por el embarazo acelerado, pedía descanso.
Entré en la tienda principal.
Rafael ya estaba allí, encadenado en su rincón, durmiendo su sueño sin sueños.
Mateo y Víctor estaban fuera, organizando las patrullas.
Pero yo no estaba sola.
Damián me siguió dentro. Caminaba dos pasos detrás de mí, en silencio, con la cabeza