El amanecer trajo silencio al valle del río.
El agua roja fluía, llevándose los cuerpos de los caídos.
Estaba de pie sobre la roca más alta, con mi capa negra ondeando al viento. A mis pies, dos ejércitos.
Plata de Luna y Sangre Negra.
Antiguos enemigos. Ahora, hermanos bajo un mismo yugo.
Lorenzo era historia. Su cuerpo había sido arrastrado por la corriente, un cascarón vacío de poder.
Levanté la mano.
—¡Este territorio es mío! —proclamé. Mi voz resonó con la autoridad de quien ha comido el a