Lorenzo bajó la espada.
El aire silbó. Era el sonido del fin.
Damián cerró los ojos, esperando el impacto que le partiría el cráneo.
Pero el impacto nunca llegó.
—QUIETO.
No fue un grito. Fue una sentencia.
Mi voz salió de mi garganta, pero no era humana. Sonaba como si mil mujeres muertas hablaran a través de mí. Era una vibración de frecuencia baja que heló el agua del río al instante.
Lorenzo se detuvo.
No porque quisiera. Sino porque sus músculos se convirtieron en piedra.
La espada bastard