El aire de la celda se congeló.
Rafael seguía dentro de mí. Su cuerpo grande y pesado estaba tensado, congelado en el acto de poseerme. Su respiración golpeaba mi cuello en ráfagas cortas y calientes.
Mateo seguía en la puerta. Sus ojos dorados recorrían la escena con una fascinación enfermiza.
—¿Te vas a quedar ahí mirando? —preguntó Rafael. Su voz era un gruñido bajo, peligroso, vibrando contra mi espalda.
Yo esperaba que Mateo se fuera. O que atacara. O que vomitara de asco.
Pero Mateo se cr