El sonido del cerrojo cerrándose a sus espaldas fue el sonido de su sentencia.
Rafael estaba dentro.
La celda era pequeña, apenas tres metros por tres de piedra húmeda y sombras. Pero con él dentro, parecía una caja de cerillas a punto de explotar.
Era enorme. Mucho más grande que Damián. Mucho más ancho que Mateo. Ocupaba todo el espacio con su presencia de Alfa veterano, cargado de cicatrices y cuarenta y cinco años de autoridad reprimida.
—Ya estoy aquí —gruñó.
Sus ojos dorados brillaban en