Capítulo 30: Hola, Suegro

Rafael entornó los ojos. Sus fosas nasales aletearon, buscando entender lo que su instinto le gritaba.

—¿Problemas? —repitió, con voz grave—. En mi despacho no entran problemas. Entran cadáveres o sentencias.

Di otro paso hacia él.

—Entonces sentenciame —desafié.

Dejé caer la última barrera de mi glamour.

Fue como quitarle la tapa a una olla a presión.

Mi aroma explotó en la habitación hermética. Miel negra. Orquídeas venenosas. Y esa nota profunda, vibrante, de Loba Encantadora que gritaba FER
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