Rafael entornó los ojos. Sus fosas nasales aletearon, buscando entender lo que su instinto le gritaba.
—¿Problemas? —repitió, con voz grave—. En mi despacho no entran problemas. Entran cadáveres o sentencias.
Di otro paso hacia él.
—Entonces sentenciame —desafié.
Dejé caer la última barrera de mi glamour.
Fue como quitarle la tapa a una olla a presión.
Mi aroma explotó en la habitación hermética. Miel negra. Orquídeas venenosas. Y esa nota profunda, vibrante, de Loba Encantadora que gritaba FER