La mansión estaba viva.
Era la noche del Festival de la Luna, y el caos era mi mejor aliado.
Entré por la puerta de servicio de las cocinas, cargando una caja de verduras vacía que encontré afuera para disimular. Nadie me miró dos veces.
El aire olía a carne asada, vino especiado y estrés.
—¡Tú! ¡La nueva! —gritó la jefa de cocinas, una mujer Beta con cara de bulldog—. ¡Deja eso y muévete! Faltan copas en el salón principal.
Bajé la cabeza, ocultando mi sonrisa detrás de los mechones oscuros y