El sol de la mañana entraba por las rendijas de la cabaña, pero yo no sentía calor. Sentía una frialdad calculadora que me recorría la columna.
Mateo estaba despierto, mirándome con esa devoción perruna que empezaba a parecerme útil, pero aburrida.
—Buenos días, mi Reina —murmuró, intentando alcanzar mi mano.
Me aparté.
No estaba para mimos. Estaba trabajando.
—Necesito información —dije, ignorando su cara de decepción—. Háblame de Rafael.
Mateo parpadeó, confundido.
—¿De mi padre? ¿Qué quieres