Mateo me miraba como si yo fuera una diosa que acababa de descender del cielo para incendiar su mundo.
Pero la adoración no era suficiente.
Necesitaba algo más fuerte. Necesitaba lealtad ciega. Necesitaba un arma que no pensara, que solo actuara.
—Levántate —dije.
Mateo se puso de pie, tambaleándose un poco. Todavía estaba aturdido por la sesión anterior.
Me acerqué a él. El olor a pino y desinfectante de la cabaña se mezclaba con el aroma dulce y podrido de la lujuria.
Me mordí el labio inferior. Fuerte. Hasta que sentí el sabor metálico de mi propia sangre.
Mis ojos brillaron. Sentí el poder de la Loba Encantadora despertar en mis venas, caliente y dorado. No era solo sangre. Era una droga. La afrodisíaco más potente que existía para un hombre lobo.
—Bésame —ordené.
Mateo se inclinó.
Cuando sus labios tocaron los míos, dejé que mi sangre se deslizara en su boca.
Fue instantáneo.
El cuerpo de Mateo se puso rígido como una tabla.
Sus pupilas se dilataron hasta comerse todo el oro de s