Mateo me miraba como si yo fuera una diosa que acababa de descender del cielo para incendiar su mundo.
Pero la adoración no era suficiente.
Necesitaba algo más fuerte. Necesitaba lealtad ciega. Necesitaba un arma que no pensara, que solo actuara.
—Levántate —dije.
Mateo se puso de pie, tambaleándose un poco. Todavía estaba aturdido por la sesión anterior.
Me acerqué a él. El olor a pino y desinfectante de la cabaña se mezclaba con el aroma dulce y podrido de la lujuria.
Me mordí el labio inferi