Mateo había hecho un buen trabajo.
Las ventanas rotas estaban cubiertas con maderas nuevas. El techo ya no tenía agujeros. Había olor a pino fresco y a desinfectante industrial.
Empujé la puerta.
Mateo estaba dentro, terminando de barrer el suelo de madera. Se giró al instante.
—Viniste —dijo. Su voz sonó aliviada, como si temiera que lo hubiera dejado plantado.
Cerré la puerta tras de mí y eché el cerrojo.
—Te dije que vendría a inspeccionar tu trabajo.
Caminé por el espacio. Había traído un colchón limpio, algunas mantas y una estufa de gas portátil. Era un escondite perfecto.
—¿Está bien? —preguntó, nervioso—. ¿Es suficiente?
Me acerqué a él, invadiendo su espacio personal.
—Es aceptable —dije, pasando un dedo por su pecho—. Por ahora.
Mateo soltó el aire que contenía.
—Si necesitas algo más... comida, ropa... puedo robarlo de la despensa de la mansión.
—Lo que necesito ahora —le corté— es un asiento.
Él miró alrededor, confundido. Solo había una silla de madera vieja en la esquina