El Devorador salió del humo.
No caminaba. Hacía temblar la corteza terrestre.
Era un lobo, sí. Pero un lobo de pesadilla industrial.
Medía quince metros de altura. Su esqueleto era de titanio negro. Sus músculos eran cables de fibra sintética que se contraían con un zumbido hidráulico.
ZZZZZT. CLANK.
En su pecho, un reactor nuclear brillaba con luz verde tóxica. La esencia digital de Lilith pilotaba la máquina desde dentro.
—La carne se pudre, hija —retumbó la voz de Lilith por los altavoces—.