Lilith se reía.
Estaba sentada sobre Rafael, moviéndose con un ritmo lento y burlón.
—¿Lo ves? —dijo ella, acariciando el pecho ancho de mi Alfa—. Él responde a mi magia. Su cuerpo es mío.
Rafael tenía los ojos en blanco. Gruñía, atrapado en la neblina púrpura del hechizo, empujando sus caderas hacia arriba por puro reflejo biológico.
Me quedé quieta.
Podría haberla atacado. Podría haber intentado arrancarle la cabeza. Pero ella era la Primera. Su magia de combate era antigua.
Si peleaba con fu