Lilith se levantó de entre los cristales rotos.
Su piel de alabastro estaba cortada. Sangraba icor negro. Pero su sonrisa seguía intacta, afilada como una cuchilla.
—¿Crees que has ganado, niña? —siseó, flotando sobre el suelo—. Solo has despertado a la Bestia. Pero la Bestia siempre vuelve a su jaula.
Rafael dio un paso adelante. Su sombra se proyectaba gigante sobre la pared de espejos rotos.
—Mi jaula es ella —gruñó Rafael—. Y me gusta estar dentro.
Lilith levantó las manos. La oscuridad de