Una semana después
Kael despertó con una incomodidad extraña en el cuerpo. La habitación estaba sofocante, y el olor dulzón de las dos omegas que dormían a su lado le revolvía el estómago. El sudor de ellas aún impregnaba las sábanas y su piel, pero no se molestó en levantarse de inmediato. Permaneció acostado unos minutos, mirando al techo como si eso fuera a resolver el peso en su espalda.
Suspiró con fuerza, apartando el brazo de una de las mujeres que lo rodeaba y se sentó al borde de la c