—Me llamo Lizzie —dijo la chica del sofá, volviendo los ojos a la pantalla del celular mientras estiraba las piernas y bostezaba—. No puedo decir que sea un placer, pero creo que ya te diste cuenta.
Camilla no respondió. Permaneció de pie cerca de la puerta, envuelta en el manto que Samira le había dado, con la piel ardiendo y los ojos fijos en las dos mujeres frente a ella. Sentía el aire denso de la cabaña colarse en sus pulmones, mezclado con el olor persistente del incienso y algo dulce que