Camilla cruzó la frontera de la manada antes del amanecer, envuelta en su capa oscura que apenas conseguía ocultar el temblor de sus manos. El rostro cubierto por la sombra de la capucha, los ojos hundidos, cargados de miedo y de la fiebre constante que la consumía por dentro. Caminaba encorvada, como si su propio cuerpo hubiera olvidado cómo mantenerse erguido; el dolor le impedía conservar la postura y la elegancia de siempre.
Esquivó a los patrulleros y olfateó el viento como un animal en al