El reflejo que le devolvía el espejo de cuerpo entero no era el de una mujer acorralada, o al menos, eso era lo que Daisy intentaba convencerse a sí misma. Llevaba un vestido negro de seda de Yves Saint Laurent, ajustado como una segunda piel, con un escote asimétrico que dejaba un hombro al descubierto. Era una armadura diseñada para seducir, intimidar y dominar. Se aplicó un labial rojo sangre, delineando sus labios con una precisión quirúrgica, aunque sus manos, traicioneras, temblaban levem