REY DE OROS. CAPÍTULO 4. La encarnación de la virgencita
REY DE OROS. CAPÍTULO 4. La encarnación de la virgencita
Costanza salió al pasillo. La mansión olía a madera encerada, a pan recién horneado y a política vieja. Y mientras caminaba hacia el comedor, iba enumerando, como si le pasara lista al cielo:
—OK, OK, señales posibles: si debo casarme, que la primera vela de la derecha de comedor parpadee. Si debo ir al convento, que suene una campanita celestial. Y si debo huir por la azotea… bueno, mándame un mapa.
El eco de sus zapatos rebotaba en los