RESURRECCIÓN.
Estefanía.
¡No! —grité con todas mis fuerzas. ¡Te maldigo mil veces Arturo Palacios! —Arturo, permaneció impasible ante mis maldiciones, sosteniendo la espada que había hundido en la humanidad de Adrián; acero que extrajo del guerrero caído solo cuando ya estuve cerca.
Me dejé caer sobre el cuerpo del hombre que amaba; pude percibir su voz entre los recovecos de mi cabeza, sus ojos se apagaban.
—¡No me abandones! —le supliqué entre murmullos cortados, pero aquel eco se desvanecía sin dejar huel