El sonido de la lluvia seguía cayendo sobre la ciudad cuando Ana salió del hotel, con el corazón desbocado y la respiración entrecortada. No esperó a que Leonardo la alcanzara. Detuvo el primer taxi que vio y se subió casi sin mirar al conductor.
—A la Avenida Los Cedros, edificio Santori… —dijo apenas, con la voz quebrada.
El chofer la observó por el espejo, notando su rostro empapado, pero no dijo nada. El trayecto fue un silencio pesado, roto solo por el golpeteo de la lluvia contra los vi