El amanecer se filtraba débil entre las persianas de la habitación del hospital.
El olor a desinfectante y a calma forzada llenaba el aire.
Leonardo llevaba horas sin moverse del sillón junto a la cama, con los ojos enrojecidos y la mano de Ana entre las suyas.
Cada tanto, miraba el monitor del corazón solo para asegurarse de que seguía latiendo.
Ese sonido —ese bip constante— era lo único que lo mantenía en pie.
Una enfermera entró despacio, revisó el suero y sonrió con discreción.