Las luces de las ambulancias teñían la noche de rojo y azul.
Leonardo sostenía a Ana entre sus brazos, temblando. Sentía su cuerpo inerte, la piel helada, la ropa empapada de sangre.
—Aguanta, por favor… —susurró con voz quebrada—. No te me vayas, Ana.
La subió a la ambulancia casi por la fuerza, negándose a soltarla. Los paramédicos le colocaron una mascarilla de oxígeno y una vía, mientras controlaban el sangrado con compresas.
—Presión en descenso —dijo uno—. Vamos, rápido.
Leonardo apenas e