La lluvia comenzó minutos después de que Leonardo se marchara. Al principio eran solo gotas finas golpeando el vidrio, pero pronto el cielo se vino abajo con un trueno que hizo vibrar las ventanas del apartamento. Ana se abrazó los brazos, observando cómo las luces lejanas del centro se difuminaban entre la cortina de agua.
Había algo en las tormentas que le removía el alma. Siempre le recordaban los gritos, los portazos, las noches en las que Martín llegaba ebrio y todo se volvía impredecible.