El aire se volvió denso, casi sólido. Martín respiraba fuerte, el pecho subiendo y bajando como un animal acorralado, pero era él quien había acorralado a Ana.
—¡Habla! —gruñó él, tan cerca que el olor a alcohol y rabia la mareaba—. ¿Qué pretendías en esa fiesta? ¿Que ese imbécil te defendiera delante de todos?
Ana, con la espalda contra la pared, sintió el frío recorrerle la columna.
—No fue así… yo solo… —balbuceó, intentando apartarlo—. ¡Déjame, Martín!
El rostro de él se contrajo, los ojos