Martín la sujetó con brusquedad y comenzó a arrastrarla hacia la salida. El agarre en su brazo era tan fuerte que Ana apenas podía mantener el equilibrio con los tacones. A cada paso sentía cómo la piel se le enrojecía bajo la presión de sus dedos.
—¡Nos vamos! —escupió Martín, sin molestarse en disimular la rabia que se apoderaba de su rostro.
—¡Suéltala! —exclamó Julián, avanzando con rapidez para interponerse.
La tensión explotó como una chispa en medio de la fiesta. Las miradas curiosas se