Al día siguiente a las nueve de la mañana, antes de que el protocolo de Luciano empezara formalmente, estaba en la biblioteca.
No por evasión. Porque había una pregunta que el libro del jardín exterior había plantado y que no iba a resolverse sola: el símbolo que había encontrado la noche anterior en el margen de la página ciento tres —una forma de tres líneas convergentes que reconocí sin poder decir de dónde— me había mantenido despierta lo suficiente para decidir que buscarlo era mejor que s