No pude dormir.
No por la conversación con Perla — esa la había procesado, la había guardado donde corresponde, la había cerrado con la misma eficiencia con que cierro cualquier carpeta de información nueva que necesita tiempo antes de volverse utilizable. No era eso.
Era la suma.
Catorce días en la hacienda. El diario de mi padre. La nota con su letra. La resonancia en el pecho cuando puse la mano sobre el esternón de Sael. El minuto exacto entre que mi luz se apagó y la de Dante se apagó. El