El diario llevaba tres días sobre el escritorio sin que yo lo abriera.
No porque no quisiera. Sino porque la última vez que lo hice cerré antes de terminar, y cerrar antes de terminar algo es un hábito que tengo desde los doce años y que no me enorgullece pero sí me ha protegido en distintos momentos de distintas cosas.
Esta vez lo abrí por la mañana, antes del desayuno, con el cuarto todavía a oscuras y la determinación específica de alguien que ha decidido dejar de administrar en cuotas la in