Nadie convocó la cena.
Dante apareció en el salón grande a las siete con madera bajo el brazo y encendió la chimenea sin decirle nada a nadie. Yo lo vi desde el corredor y no pregunté.
Lo seguí.
Sael llegó diez minutos después con lo que había en la cocina: pan, queso, lo que Perla había dejado antes de subir a su cuarto. Lo puso en la mesa baja frente a la chimenea con el mismo gesto de siempre — sin ceremonia, sin preguntar si alguien tenía hambre.
—¿Están los dos? —dijo.
—Luciano está en el