El mirador a esa hora olía a madera fría y a las montañas.
Me senté en el borde de piedra que da al este con el diario de Ezequiel en el regazo. Lo había tomado del estudio al pasar — el gesto automático de alguien que lleva meses llevándolo de un lugar a otro sin siempre saber por qué.
Esta vez lo supe.
Era el último día que lo iba a necesitar llevar.
No lo abrí. Ya no tenía nada nuevo que darme. La historia de Ezequiel Montecreaux — lo que escribió, lo que no pudo escribir, los huecos que sol