Dante estaba en los establos cuando lo encontré.
No era raro. Desde el cap. 187, cuando habíamos calculado juntos el potencial de los cultivos del sur y yo había propuesto convertir los establos en otra cosa,
Dante había tomado la reconversión con el tipo de energía que ponía en las cosas que decidía que valían su tiempo: sin anuncio previo, sin solicitar instrucciones, con la concentración específica de alguien que sabe exactamente qué está haciendo.
Esa tarde tenía las manos metidas en el mar